El pasado fin de semana Stanislas Wawrinka venció por 4-6, 7-6 y 6-2 a Roger Federer y se adjudicó el Masters 1000 de Monte-Carlo en el principado de Mónaco. Con un juego que rozó la perfección técnica, el campeón del Abierto de Australia de este 2014 fue hilvanando un camino que lo consolida cada vez más en el Top 3 del ranking ATP y que lo coloca como serio candidato para el próximo Roland Garros, que comienza en poco más de dos meses.
Pero el verdadero propósito por el cual estamos escribiendo esta nota no es por él, sino por su compañero de Copa Davis, el señor Federer. El ex número uno del planeta resurgió de las cenizas y es un placer volver a observar esos golpes, esa técnica, esa templanza dentro de una cancha de tenis.

Foto: Tenis Web
Federer venía de transitar un 2013 muy agrio, donde sólo alcanzó el título en Halle, un torneo menor, y, salvo por el Abierto de Australia, no había podido superar la instancia de cuartos de final en ningún Grand Slam (cayó en cuartos de Roland Garros con Jo-Wilfred Tsonga en sets corridos, fue abatido por Sergiy Stakhovsky en la segunda instancia de Wimbledon, y fue apabullado en tres sets en los octavos de final del US Open por Tommy Robredo). Pero a partir de Basilea, cuando cedió ante Juan Martín del Potro en la final, su nivel comenzó a reinsertarse dentro de los courts.
En su pretemporada decidió no disputar exhibiciones como lo había hecho en el 2012, donde una de las escalas resultó ser nuestro país. Y desde el punto de vista de muchos especialistas, y desde el nuestro también, la elección tomada fue la correcta. Esto le posibilitó entrenar sin problemas con su nueva raqueta (de la cuál el modelo preciso aún continúa siendo una incógnita) y mejorar su físico con el fin de intentar instalarse nuevamente en el Top 5 de manera rápida. Vaya si lo logró.
Arrancó el 2014 con todo. Final en Brisbane cayendo ante Lleyton Hweitt y semifinales de Australia, torneo en el que tropezó ante Rafael Nadal, pero en el cuál batió en octavos a Tsonga y en cuartos a Andy Murray.
El nivel y la confianza no menguaban, es más, ascendían con cada encuentro disputado. Llegó Dubai y el primer título desde junio del año pasado. Ese envión lo instaló en la final de Indian Wells, donde no pudo ante Novak Djokovic, y luego en los cuartos de final de Miami. En el medio, victorias considerables para depositar a Suiza en las semifinales del Grupo Mundial de Copa Davis tras once años. Y el último fin de semana, la definición de Monte-Carlo, en donde mermó ante su amigo Stan.

Foto: Altas Pulsaciones
Claramente, el juego jamás se esfumó. Ni cuando cayó, en julio pasado, en las semifinales de Hamburgo ante Federico Delbonis, o en la ronda inicial de Gstaad ante Daniel Brands. La magia siempre estuvo en su mente, en su estilo, en su espíritu. Y cuando la fibra del orgullo intentó declinar las esperanzas del campeón, aparecieron las ganas y el amor propio para plantear y preparar el año desde la humildad y el esfuerzo. Por eso, Federer resurge de las cenizas, aquellas que muchos pretendieron que se las lleve el viento, pero que él mismo logró hacerlas desaparecer para darle paso a una nueva vida para el Ave Roger Fénix.