El español venció en sets corridos al suizo y se clasificó a la final de Australia por tercera vez en su carrera. El domingo, ante Wawrinka, buscará su decimocuarto título de Grand Slam.
Rafael Nadal no detiene su escalinata hacia la gloria, y en el difícil camino hacia ella va derribando rivales. Esta mañana (noche en Australia) fue el turno de su máximo rival en la última década. Sí, hacemos referencia a Roger Federer, quien poco pudo hacer ante la superioridad del mallorquín, que lo derrotó en sets corridos, con parciales de 7-6 (4), 6-3, 6-3, y, de esta manera, accedió a su tercera final en el Abierto de Australia, luego de haberse coronado en el 2009 y de haber cedido en el encuentro definitivo en el 2012. El domingo irá por su decimocuarta corona en torneos de Grand Slam cuando enfrente a otro suizo, Stanislas Wawrinka, quien ayer derrotó en cuatro sets a Tomas Berdych.
El primer set fue de lo mejor que se pudo ver de Federer y de Nadal en el torneo. Palos por todos lados, precisiones, excelencias. Algo a lo que nos tienen acostumbrados cada vez que juegan, y que se potencia aún más cuando se enfrentan. Pero más allá de que Federer no cedía y buscaba con diferentes armas doblegar al español, del otro lado siempre encontraba una respuesta. Tal es así, que llegaron al tie-break sin quebrarse el servicio, y el español se adueñó del juego decisivo con un contundente 7-4.
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A partir de ese entonces, la historia cambió y el resultado comenzó a inclinarse definitivamente hacia el lado de Nadal, ya que en el segundo comenzaba de a poco a encontrar las bolas justas para dañar el juego de Federer, quien pecaba de ansioso, comenzaba a entregarle la iniciativa al español y, lentamente, se iba retirando de Australia. Tras hacerse con el servicio de su rival en el octavo juego, el español sirvió para quedar dos sets arriba, y tras quedar 0-30, ganó los cuatro puntos seguidos que necesitaba y cerró el parcial por 6-3.
Ya en el tercero, Nadal salió a no ceder más nada. Y con este ímpetu quebró el servicio del helvético en el tercer juego para adelantarse 2-1. Rápidamente, y demostrando que no se iba a entregar fácilmente, el Federer volvió a quebrar para quedar 2-2 y la luz de esperanza, tanto en él, como en su equipo de trabajo, como en el público en general, se encendió. Sin embargo, tras mantener ambos su servicio una vez más, el español volvió a quebrarlo, y sentenció la historia. Un quiebre nuevo en el noveno juego finalizó el encuentro con el 6-3 definitivo y decretó el pase del oriundo de Mallorca a la final.
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De esta manera, Nadal llega a la final de Australia por tercera vez en su carrera, luego de haber sido campeón en el 2009 (venció justamente a Federer en la final en cinco sets), y de haber caído en el encuentro final en la edición del 2012 (fue derrotado en cinco sets por Novak Djokovic). Su rival del domingo será el suizo Stanislas Wawrinka, quien ayer derrotó al checo Tomas Berdych en cuatro sets, y que, por otra parte, se clasificó finalista de un Grande por primera vez en su carrera.
Además, vale aclarar que Rafa va en la búsqueda de su decimocuarto título de Grand Slam, marca que si la lograra, la compartirá con el estadounidense Pete Sampras, aunque aún le faltarían tres más para igualar a Roger como el campeón de más Grand Slam de todos los tiempos, con diecisiete conquistas. Pero si hablamos de Nadal, todos sabemos, que nada, absolutamente nada, es imposible.
El humano mejor programado
A veces cuesta creer lo que un humano es capas de realizar, pero cada vez que se enciende el televisor y se ve jugar a Rafael Nadal creemos que todo es posible. Fue contra todos los pronósticos: su ampolla en la mano izquierda, lo que según él mismo dijo, le imposibilitaba sacar de la mejor manera; contra la historia; contra el favoritismo del público y gran parte de la prensa hacia su rival, y contra el momento tenístico que estaba viviendo.
Pero es aquí donde el español se agranda. Cuando es punto, y la banca es el otro. Cuando todos lo creen derrotado. Allí saca su furia y su esencia de lucha desde lo más profundo de su ser, se convierte en un gigante dentro de la cancha, y de a ratos parece demostrarle al de enfrente que es claramente inferior.
Es cierto, Federer pecó de ansioso durante varios pasajes del encuentro, pero esto es porque
Rafa lo llevó hacia ese lugar. Le devolvió una y otra vez pelotas imposibles y de a poco, le fue encontrando la vuelta a las artimañas de su rival para pasarlo una y otra vez que se le vino a la red.
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El resultado es un excelente reflejo de cómo, lentamente, Nadal fue aniquilando la cabeza de
Roger, al punto de
llenarle su juego y su mente de preguntas, para hacerlo culminar en la indecisión de no saber por donde atacarlo.
Llevó a la perfección todo lo que tuvo que realizar para que el partido se inclinara en su favor: no se quejó de su mano izquierda; a base de garra y de mentalidad de roca fue derribando esa muralla del otro lado que parecía demasiado alta, sobre todo por el favoritismo del público y de gran parte de la prensa, y, por supuesto, elevó su juego a su máximo potencial, algo que hasta esta instancia no había demostrado, y que bien lejos estaba de lo exhibido hoy en el Rod Laver Arena.
Por eso él logra cosas en contra de todos los pronósticos. Hace lo que tiene que hacer, de la forma que se debe hacer, para lograr los cometidos que hay que lograr. Por supuesto, es un placer haber sido contemporáneo, aunque sea como espectador, de este genio de la raqueta, y de un deportista cuyas metas nunca culminan, y que cada vez son más grandes, más allá de las barreras que pueda haber en el camino. Porque Nadal, sí,
El Matador Rafa, es el humano mejor programado.